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Pilotos del programa de estimulación enfrentan turbulencia, granizo y fuertes corrientes para intervenir nubes con potencial de precipitación.
POR: Julio César Caro
Culiacán, Sinaloa. – Entrar a una tormenta no es simplemente acercarse a una nube cargada de agua. Para los pilotos del Programa de Estimulación de Lluvias de México A.C., cada vuelo implica analizar con precisión la atmósfera, localizar las zonas con mayor potencial de precipitación y penetrar sistemas nubosos donde pueden presentarse granizo, turbulencia severa, corrientes ascendentes y descendentes y cambios bruscos en las condiciones de vuelo. Con una inversión de 10 millones de pesos del Gobierno de Sinaloa, la estrategia contempla 100 vuelos sobre más de 2 millones de hectáreas de las cuencas que alimentan siete presas, desde El Salto, en Elota, hasta Huites, en Choix.
El meteorólogo Ezequiel Hernández Téllez, director de Operaciones del Programa de Estimulación de Lluvias de México A.C., explicó que el objetivo es aprovechar las nubes que ya tienen condiciones para precipitar y estimular los procesos físicos que permitan generar una mayor cantidad de lluvia. Sin embargo, llegar hasta esos objetivos requiere que la tripulación tome decisiones en cuestión de minutos y, sobre todo, que determine cuándo las condiciones dejan de ser seguras para continuar. De hecho, durante esta temporada solamente en una ocasión un vuelo tuvo que regresar debido a condiciones meteorológicas peligrosas.
El trabajo comienza en tierra. Antes de que el Cessna 414 despegue, el equipo realiza un análisis de la atmósfera mediante imágenes satelitales, radiosondeos y radar Doppler, además de herramientas especializadas para identificar los sistemas nubosos que pueden ser intervenidos.
Con esa información se establece la ruta y se determina cuál será el primer objetivo, ya sea hacia la zona norte o centro del estado. Cuando la tripulación está completa se realiza un briefing en el que se revisan las condiciones y se establece la estrategia para aproximarse a las nubes.
La parte crítica comienza cuando el avión se acerca al objetivo. Hernández Téllez explicó que los pilotos mantienen comunicación por radio y, desde las inmediaciones de la formación nubosa, determinan desde qué lado realizarán la intervención.
No se trata de entrar a cualquier nube. La experiencia de la tripulación resulta fundamental para identificar las zonas que pueden representar un peligro para la aeronave, particularmente por la presencia de granizo y turbulencia.
Dentro de una nube convectiva pueden presentarse movimientos verticales de aire capaces de provocar fuertes sacudidas. Las corrientes ascendentes pueden impulsar violentamente a la aeronave, mientras que las descendentes pueden generar pérdidas momentáneas de altitud. A esto se suma el riesgo del granizo, uno de los fenómenos más delicados para cualquier aeronave que opera cerca de tormentas.
Por ello, cada aproximación requiere una evaluación permanente. La estrategia no solamente consiste en encontrar una nube con condiciones adecuadas para la estimulación, sino determinar la forma más segura de aproximarse y realizar la liberación de las bengalas.
El Cessna 414 utilizado por el programa cuenta con un rack colocado para transportar las bengalas en ambas alas. Dependiendo de las características de la nube, se emplean materiales glaciogénicos o higroscópicos.
Hernández Téllez detalló que se utilizan dos tipos de bengalas. Las glaciogénicas, de aproximadamente 200 gramos y compuestas principalmente por yoduro de plata, se emplean en determinadas condiciones de temperatura para favorecer la formación de cristales de hielo dentro de las nubes. Al desarrollarse estos procesos, se propicia la precipitación y el agua termina cayendo en forma de lluvia.
El segundo tipo son las bengalas higroscópicas, de aproximadamente un kilogramo, elaboradas con sales higroscópicas como cloruro de potasio, cloruro de calcio y, en algunos casos, cloruro de sodio. Estas se utilizan principalmente en nubes calientes de regiones tropicales y buscan favorecer la formación y unión de gotas de agua para incrementar la precipitación.
El meteorólogo aclaró que la técnica no crea nubes ni genera lluvia donde no existen condiciones naturales. El propósito es intervenir nubes que ya tienen potencial de precipitación para favorecer una mayor generación de agua.
La operación aérea también depende de la altitud, temperatura, humedad y comportamiento de las corrientes dentro de la nube. En determinadas condiciones, incluso pueden emplearse ambos tipos de bengalas para trabajar sobre diferentes procesos físicos de una misma formación.
El programa cuenta con experiencia acumulada desde 2018, aunque durante tres temporadas las labores fueron realizadas por la entonces Comisión Nacional de las Zonas Áridas. En esos años se utilizaron aeronaves como el King Air 350i de la Fuerza Aérea Mexicana y el Turbo Commander 690B del Gobierno de Sinaloa, ambos con sistemas especiales para la liberación de materiales de estimulación.
La temporada actual presenta además un escenario meteorológico cambiante. Después de un inicio favorable, con buenas condiciones durante julio y los primeros días de agosto, las precipitaciones comenzaron a presentarse de manera más aislada hacia la segunda mitad del periodo.
El especialista atribuyó parte de este comportamiento al debilitamiento del monzón mexicano, después de un inicio fuerte que favoreció el transporte de humedad desde la costa hacia las zonas montañosas. También señaló la influencia creciente del fenómeno de El Niño en el comportamiento atmosférico.
Aun con la disminución de las condiciones óptimas, las zonas serranas continúan registrando objetivos y precipitaciones, lo que permite mantener las operaciones cuando las condiciones meteorológicas y de seguridad lo permiten.
El contraste con temporadas anteriores también es evidente. El año antepasado estuvo marcado por la sequía y tuvo pocos vuelos, mientras que el año pasado fue considerado una temporada normal, con aproximadamente 120 operaciones durante todo el periodo de lluvias.
Ahora la meta son 100 vuelos y el programa se encuentra prácticamente en el último tercio para cumplirla. Las operaciones se han mantenido de manera cotidiana, con algunas pausas principalmente por mantenimiento de la aeronave y una interrupción motivada directamente por condiciones meteorológicas peligrosas.
Ese episodio resume uno de los principios fundamentales de este tipo de operación: ninguna nube vale más que la seguridad de la tripulación.
La estimulación de lluvias puede requerir que un avión se acerque a uno de los ambientes más dinámicos y agresivos de la atmósfera, pero la decisión final siempre depende de la evaluación de riesgo. Si la turbulencia, el granizo o cualquier otra condición rebasa los márgenes de seguridad, el vuelo se interrumpe.
En las cuencas de Sinaloa, el objetivo es obtener mayor precipitación para favorecer la recuperación de los embalses. Pero detrás de cada operación existe una compleja coordinación entre meteorólogos, personal de tierra, pilotos y navegantes, donde la tecnología permite localizar las tormentas y la experiencia aeronáutica determina hasta dónde es posible acercarse a ellas.









