El Badiraguato de los años 40 0 355

Por Benigno Aispuro
En los años 40, la cabecera municipal tenía como mil habitantes, por lo que todos se conocían entre sí. Cuando los rancheros de las sindicaturas tenían que venir a comprar algo o a arreglar un trámite, decían “bajar al pueblo”.
Y si requerían algún bien o servicio que allí no había, venían a Culiacán.
Por el lado de Surutato, les quedaba más fácil ir a Mocorito, motivo por el cual un tiempo en esa sindicatura pidieron ser anexados a este municipio, porque para sus trámites oficiales les era muy duro llegar a la cabecera municipal.
Según donde se viviera, eran viajes de días, no de horas, y si no se tenía miedo a viajar de noche, se pernoctaba en los pueblos. Por entonces empezaba a surgir el servicio de tranvías, lo cual era en sí un sacrificio pero, como sea, era mejor a lo de antaño (a puro lomo de mula o de caballo), así que mejor ni quejarse.
2 De esos tiempos, en su libro “Cerca de la locura y otras vivencias” (edición del autor, 1996), el periodista don José Caro Medina recuerda que en todos los patios, o en la mayoría, la gente tenía sus propias crías de gallinas para surtirse de huevos o para sus caldos, que andaban libremente por todas partes.
Además, no podía faltar una hortaliza, en un pedazo del patio trasero que protegían con palos, cartones y ramas contra la incursión de las gallinas, porque aún no había tela gallinera.
Allí plantaban cilantro, rábanos, cebollines, lechugas y otras hortalizas de la temporada.
Cuando las gallinas se metían al corralito, arrasaban comiéndose las plantas.
Eso era suficiente para que el severo padre de familia hiciera uso de su infaltable vara de jarilla para azotar duramente por igual a los niños pequeños, que eran los responsables de echarle un ojo al sembrado.
3 «En aquellos años, en la cabecera de Badiraguato había cañaverales, enormes plantaciones de plátanos, ciruelas, guayabas, sobre todo en los arroyos, así como papayos, matas de arrayanes, de tamarindo, de mangos, aguacates, naranjas, limas y limones, entre otras frutas. Ahora ya no se conocen las cañas y se ven pocas plantas de plátano», narra con nostalgia don José.
Solo había tres vehículos automotores en la comunidad, y dos eran tranvías: La Pantera, de Melesio Cuen; La Maravilla, de Raúl Uriarte, y el primer troque de redilas, de Ignacio «Nacho» Landell.
Por esos años Alonso Landell, hijo de don Nacho, estaba aprendiendo a manejar la troca y, cuando lo hacía, algunos chiquillos aprovechaban para encaramarse en ella y pasearse de gratis.
En una ocasión, cuenta don José, escuchó que encendían el troque y, suponiendo que era Alonso que iba a practicar, corriendo se brincó las trancas de su casa y alcanzó a agarrarse de la puerta del estribo, mientras el carro enfilaba por la calle Zaragoza.
4 En eso se le voló el sombrero y el pequeño José, a la sazón de 8 años, se le voló el sombrero y no halló más que bajarse para recogerlo, con el auto en marcha.
Se dio un trastazo tal que, cuando despertó, estaba echado sobre una cama de madera y jarcias, de esas de antes.
«Solo veía estrellitas y algo nublado, dijo, poco a poco se me fue aclarando la luz y lo primero que vi fueron las caras de mi atribulada madre y mis hermanos […]. Por fortuna no sentía ninguna molestia».
Supo después que, al caer se dio un fuerte golpe que lo hizo perder el sentido. Lo levantaron y lo llevaron a la cama. Vino don Melesio Cuen, abuelo del actual Melesio Cuen que es secretario de Salud, quien sin ser médico, tenía una farmacia y algo le intelegía a la medicina, por lo que era muy solicitado para atender enfermos en aquel pueblo en donde no había quien más.
–No lo muevan- les dijo, en informó que afortunadamente estaba vivo y que, gracias a su edad, pronto saldría del shock. Y así fue.
5 Por aquellos años, su padre don Jesús Caro Iribe, ex revolucionario de los carabineros de Santiago, sembraba una parcelita al oriente del pueblo, cerca de un rancho llamado La Cascajosa.
Todos los días, con sus mayores madrugaba para «ir al cerco», como le decían antaño, y a José Caro -que aún no iba a la escuela- le tocaba llevarles el lonche, todos los días, entre 7 y 8 de la mañana, para llegar allá a eso de las 9 de la mañana, custodiado por un perrazo que tenían al que llamaban “El Guardián”.
Cuenta que una vez al cruzar el río Badiraguato, que algunos llamaban el “río Misterioso”, notó que tenía más agua que de costumbre, sin que hubiera llovido en la región.
Se quitó los pantalones y sus huaraches de tres puntadas para no mojarlos mientras, al hombro, llevaba colgando el morral con la comida y el bule con agua.
Ya iba bien avanzado, cuando el morral con la comida se empezó a mojar y el bule ya flotaba en el agua, y de repente el niño perdió el plan y se tuvo que sumergir.
6 Entonces, rápido, se deshizo de todo lo que le estorbaba para mantenerse a flote, y comenzó a luchar para no ahogarse. No sabía nadar, pero como vio que «El Guardián» nadaba «de perrito», lo imitó y de ese modo avanzó los diez metros que le faltaban para llegar a «la otra banda».
Sin pantalones, sin huaraches y sin el lonche, se quitó la camisa y se la ató al a cintura para que no le vieran sus vergüenzas (supongo que los pequeños no usaban calzón o que lo perdió en el naufragio), y así continuó, todo mortificado, hacia la «roza», donde lo esperaban con la comida.
–Por lo menos no te ahogaste- le dijo su padre tras escucharlo y dando gracias a Dios por eso.
7 Y, ya sin lonche, esa mañana dejaron de trabajar, pero cuando llegaron al río, a eso de las doce del día, ya estaba muy crecido y no pudieron cruzar.
En esos lejanos años no había pangas ni canoas para cruzar, así que tuvieron que esperar en la «otra banda», donde algunos vecinos amigos les ofrecieron de comer y les prestaron ropa para el pequeño José.
Aquello del «río misterioso», le decían así porque, sin haber llovido, de repente la corriente registraba fuertes crecidas, lo cual se debía a que, a lo largo de su tramo, recogía aguas de otros afluentes. Solamente a la altura de Potrerillo desemboca el Arroyo Grande, además de que, cuando llueve en la sierra, las aguas del río y del arroyo se suman propiciando caudalosas crecientes.
Don Jesús aprendió la lección y de inmediato se puso a enseñar a nadar a sus hijos, en el mismo río.
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