Don José Caro medina: de la sierra a tamborazos 0 108

Por Benigno Aispuro
Todo empezó cuando Rosario Caro, chofer de la tranvía tropical «La Maravilla», en Badiraguato, envió una invitación a su padre, don Jesús Caro Iribe, hasta Santiago de Los Caballeros, para que asistiera a su boda en la cabecera municipal, en casa de su patrón don Raúl Uriarte.
Esto pasó en 1944, cuando gran parte de los caminos de ese municipio en la sierra eran solo de herradura, y se llegaba de un pueblo a otro cruzando cerros y arroyos.
Como tenía mucho que hacer, don Jesús no podría asistir, pero su hijo menor José de Jesús, de 8 o 9 años, se emperró en estar presente. Su padre buscó quién fuera para allá y supo que dos sobrinos ya mayores, bajarían al pueblo al día siguiente, y se los encasquetó.
El jueves temprano agarraron camino, los dos sobrinos a caballo y el niño a pie, con el acuerdo de que cuando el niño se cansara lo subirían en ancas.
Pero cuando se cansó y luchaba por mantener su paso con el de las bestias, Manuela le pidió a Carlos que montara al niño, pero este dijo que no, que su caballo ya estaba muy «matado», mientras que el de Manuela «no sabía de “en ancas”».
Así que el niño siguió a pie, y tras subir la empinada Cuesta de La Josefita, entre Santiago y Los Naranjos, se toparon con unos arrieros con una recua cargada con manteca, miel y pieles.
Caminaron un rato con ellos y, entre pláticas, ya era de tarde cuando el niño se dio cuenta de que los primos ya no estaban y se apresuró a alcanzarlos, pensando que lo esperarían en Los Naranjos. Pero ya no estaban allí.
Con la esperanza de que lo aguardarían en La Lapara, apretó el paso, y llegó ya anochecido. Subió a la casa de «El Indio», a donde llegaba con su padre cuando iban o volvían de Badiraguato, pero el señor no estaba.
Su esposa lo llevó a preguntar a los vecinos, quienes dijeron que hacía mucho rato habían pasado. Ante ello, la señora le propuso que durmiera en su casa y tomara el tranvía al día siguiente, pero el niño se negó y apuró el camino con la esperanza de alcanzar a sus irresponsables guías, entre la oscuridad y gritándoles cada tanto, temeroso de que le saliera alguna onza u otra fiera salvaje.
El viejo periodista don José de Jesús Caro Medina (Badiraguato, 1935-Culiacán, 2018) narraba seguido esa historia de su niñez, la cual incluyó en su primer libro «Cerca de la locura y otras vivencias», que publicó en 1996, en edición del autor.
Él fue de los hijos menores de don Jesús Caro Iribe, protagonista del libro «Los carabineros de Santiago» (Ayuntamiento de Badiraguato, 1992), que puso en letra de molde el periodista Carlos Manuel Aguirre.
Don José Caro escribió su libro a raíz de tres percances que amargaron su vida en menos de un mes: El robo de su auto en vísperas de la Navidad de 1994, que fue un duro golpe moral y económico, porque rico nunca fue y además, cuando eres víctima de un robo, se te cae la fe en la humanidad.
Peor estuvo su Día de Reyes, al siguiente año, cuando se le detectó desprendimiento parcial de retina en uno de sus ojos, por lo que fue sometido a una operación de emergencia, mientras la incertidumbre, el estrés, los nervios y el miedo, le provocaron tal angustia que repercutió en su estómago, con un cúmulo de problemas que le impedían pasar alimento. Tenía 59 años.
Vendado durante 12 días, entre pesadillas y temores constantes, en esos «momentos de apremio», dijo, aprovechó para desempolvar «el arcón de mis recuerdos» de infancia y de vida para grabarlos y plasmarlos algún día en un libro.
Don José se vino a vivir a Culiacán a los nueve años, poco después que lo abandonaron en el monte. El periodismo nos unió desde 1981, cuando nos dio un taller práctico, por parte de la UAS.
–Maestro -le decía yo cuando charlábamos, ya muy llevadizo con él-, hábleme de cuando lo bajaron de la sierra a tamborazos.
Caro se vino con su madre y hermanos en la tranvía «La Pantera», que conducía Arnulfo García. A los 36 kilómetros de Santiago a Badiraguato, había que sumar los 75 de Badiraguato a Culiacán, sin carretera y a vuelta de rueda en tiempo de lluvias.
Tres días de camino, para los que había que preparar lonche para el trayecto: huevos, pan, tortillas de harina, quesos, tamales, frutas, lo que podían.
De Santiago llegaron a La Majada de Arriba, donde mal durmieron en la tranvía, excepto los que tenían parientes allí.
Otro día continuar hasta el arroyo de Pericos, que cuando venía crecido debían esperar mucho tiempo a que bajara, a veces hasta la noche, y cuando esto pasaba, volvían a dormir en la tranvía.
A Pericos llegaban por el camino viejo, tres kilómetros sobre el arroyo. Cuando el río Humaya estaba muy crecido, subían el carro en «lanchones» para cruzar, y seguían el viaje hasta llegar a Culiacán.
En su libro, anotó don José su impresión la primera vez que vio el Puente Negro:
«Mientras “La Pantera” esperaba su turno para subir al pangón, escuchamos el silbato del tren. Era algo novedoso para mis hermanos y para mí. Fue maravillosa esa tarde, porque acto seguido, el tren cruzaba precisamente el Puente Negro frente a nuestros ojos […]. Fue maravillosa nuestra entrada a Culiacán».
Atrás dejaba el pequeño José Caro, para nunca olvidarla, aquella noche, no hacía mucho, cuando caminó en el abandono por los oscuros caminos de la sierra, descalzo, agotado y con miedo…
Para el recuerdo quedaría que, esa noche terrible, llegó al cruce del camino que iba a la mina de Gerardo Olivas, cuando vio venir a un jinete y le preguntó por sus primos. No los había visto, le dijo.
–Mejor devuélvete a La Lapara y te vienes mañana en el tranvía- le aconsejó el extraño. El niño no hizo caso y continuó, animado por la cada vez más débil esperanza.
Iba llegando a La Cieneguilla, cuando escuchó a lo lejos la voz de su primo. Venía cabalgando al pelo desde un caserío llamado El Tabachín, a la salida de La Lapara, donde tenía casa y esperaba al niño, pero este no lo sabía, por lo que siguió de frente precisamente en un instante que el primo se metió al jacal.
Afortunadamente, el tal Carlos había visto al jinete que iba a la mina y le preguntó por un niño, y este le dijo que lo vio camino adelante, descalzo (había perdido sus huaraches en un arroyo) y llorando.
Fue cuando montó el caballo al pelo y lo alcanzó.
«Nos regresamos a El Tabachín y al día siguiente, muy temprano, llegamos en la tranvía a Badiraguato», narra don José en su libro.
«A causa de este susto comencé a estar enfermo, al grado que mi madre se tuvo que salir conmigo de la boda, que se realizó en la casa de Raúl Uriarte, con quien trabajaba mi hermano Chayo como chofer».
A su padre, don Jesús Caro Iribe, el coraje y el rencor con sus sobrinos le duró mucho tiempo, y a su hijo José, el susto le provocó una colitis nerviosa cuyos efectos, ya muy mayor, aún seguía resintiendo.
* * * * *
NOTA: Respecto al género de la palabra «tranvía», sé que en general es masculino, pero don José Caro usa siempre el femenino, «la tranvía». Deduzco que es porque así lo dicen en su región, y que al decir «la tranvía», los lugareños se refieren a la troca o a la camioneta habilitada como tal.
https://www.facebook.com/aispuro.beni/posts/10225881988897586
Previous ArticleNext Article
Sector Primario MX
Gaceta informativa digital

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *